Ayer, viernes noche, en un bonito ático de un bonito hotel sevillano, con unas preciosísimas vistas de la Catedral, el puto pijo de las narices que me presentaron, estiradísimo, o sea, te lo juro, con pinta de torero pero con una falta de educación de antología (tanta colegio de curas y tanta universidad privada para nada), le hizo al borracho de su colega (ídem pero sin gomina) un comentario sobre la novia de éste, algo así como “que impertinente, cómo lo permites, está en la posición adecuada para darle un rodillazo”. A continuación, se giró hacia mí y me preguntó si yo no sería de aquellas que creen en la igualdad de hombres y mujeres. Y casi arde Troya.
Dejando aparte que creer se cree en Dios, en el Diablo o en los ovnis… es decir, en todo aquello que no sabemos si existe o no y en qué circunstancias y nos exige un acto de fe; que en la igualdad no se puede creer, porque está ahí, la vemos, no exige ese acto de fe.
Digo, dejando esto aparte, detecté (y digo detecté no porque lo haya descubierto yo antes que nadie, sino porque jamás había sido tan consciente de algo así) la causa del problema: la pava que tenía sentada al lado el jodido pijo, calladita y con una constante y correcta sonrisa en su boquita de piñón. Correcta sonrisa que se acentuaba un poquito más cuando su flamante-futuro-presunto-maltratador soltaba alguna de sus perlas.
Vamos a ver, bonita, si tu novio muestra semejante actitud violenta en una reunión de amigos, que se supone agradable y desenfadada, si no tiene vergüenza torera cuando está delante de gente que no conoce, si es capaz de bromear con darle un rodillazo a alguien a quien se supone que quiere, ten por seguro que, cuando estéis casados (con un poco de mala suerte antes), no va a pensarse dos veces la primera paliza que te merezcas.
Y yo, que ya me parecían de por sí unas soberanas gilipolleces aquello del teléfono y de la “miembra”, fui más consciente que nunca de que verdaderamente son una soberanas gilipolleces. Que conviviremos con esta lacra del machismo y la consiguiente violencia de género, en tanto existan mujeres que toleren ese tipo de comportamiento.


Efectivamente, lo de "miembras" no es más que una gilipollez, una anécdota más en la larga lista de estupideces que no llevan a ningún sitio y que, desde luego, no van a erradicar el problema. Mientras la mujer siga permitiendo que se la menosprecie y que se la trate sin respeto, mientras siga permitiendo que se la trate como un ser inferior, sin cerebro ni inteligencia, entonces no avanzaremos nada. Pero no nos quitemos nosotras la culpa. Mientras las madres sigan educando a sus hijos en esa cultura machista no haremos nada. No olvidemos que el machista se hace desde la infancia. Fijate cuando vayas a otras casas y mira a ver cuantas veces se levanta el hombre a por la bebida a la hora de comer y cuantas las mujeres que están sentadas a la mesa.
Es más, ¿cuantas veces escuchas eso de: anda levantate y trae el agua a tu hermano que viene cansado de trabajar¡?. DEMASIADAS¡¡ Ya ves, creamos monstruos nosotras mismas. Besos
Yo si me eximo de culpa, murrón.
Porque no tengo hijos y porque si mi madre me diera más trabajo que a mi hermano por ser mujer, la carcajada se escucharía en Pekín.
Y considero que ésta (el no tolerar menosprecios) tendría que ser la actitud normal en mi generación, para poder ir cambiando las cosas, poco a poco.
Pero es que esta escena se dio entre personitas no mayores de 30 años. Que viene a ser muy triste.
Al hilo de los miembros y las miembras, ayer me enviaron un texto de Pérez Reverte ¡de 2005! que ya trataba ese tema con su ironía particular, igual ya lo conocías pero por si acaso está aquí:
http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=patentescorso/pc_...
Sobre el machismo qué voy a decir, a pesar de ser un problema que tardaríamos decenios en resolver yo pensaba que nuestra generación había avanzado algo, pero si los que vienen por detrás se empeñan en retroceder lo llevamos claro.
Saludos!
Que pena que siga habiendo ese tipo de patanes, pero se estan extinguiendo.......ya veras.