Mi actual estado de ánimo, a caballo entre la desastrosa pereza y la desesperante dispersión, queda perfectamente reflejado en todos los libros que, indolentes en la mesita de noche, esperan a que los termine: Un día de cólera, del gran Arturo Pérez-Reverte (mola, no crean, y me mantuvo ávida de aventuras hasta que Don Luis Daoiz desaparece de la escena); Historia de cronopios y de famas, de Julio Cortázar (que tiene que pillarme muy inspirada); No somos tontas, de Asun Lasaosa (autoayuda: un hombre menos en mi vida, un capítulo); Lluvia ácida, de José Manuel Benítez Ariza (lo empecé y ahí está… no hay más explicación); El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger (me fui a Málaga sin llevarme ninguno de los anteriores y tuve que comprarlo); El diablo enamorado, de Jacques Cazotte (que esta noche lo acabo de re-leer, en serio).