Llevo dos días intentando prescindir de él. Digo intentando porque puede ser que pensarle durante las veinticuatro horas, de noche y de día, quizás no sea del todo prescindir.

Mi cuerpo aún no ha comenzado a repararse de los estragos que me ha causado. Han transcurrido cuarenta y ocho horas y la presión sanguínea, el ritmo cardíaco y la temperatura de mi cuerpo todavía no han bajado al nivel normal, el de monóxido de carbono en mi sangre no ha disminuido a la mitad, y el nivel de oxígeno en la sangre no ha aumentado conforme a sus niveles habituales, como tendría que haberlo hecho. Además, mantengo las mismas probabilidades de sufrir un ataque al corazón que antes de dejar el vicio. Mi sentido del gusto y del olfato siguen recordándole. Su veneno no ha abandonado mi cuerpo. Como la nicotina, me provocaba una sensación placentera que hace que quiera más. Y su ausencia produce en mí un efecto depresivo al interferir con el flujo de información entre mis células nerviosas. Estoy irritable, inquieta y triste.

Si consigo superar esto, dejar de fumar va a ser coser y cantar.