La Santa es una semana... rara. El mundo se vuelve loco.
Cortan las calles, cambian los itinerarios de los autobuses, y no puedo usar mi coche por la tarde porque después no hay dónde aparcar y tengo que esperar a que todos se recojan para poder volver a casa. La biblioteca cierra porque se presume (iuris et de iure) que todos estamos de vacaciones y nadie tiene nada que estudiar. No puedes tomarte un café, una tapa o una copa, tranquilo, en el bar de siempre, porque la gente sale en manada y arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Todo está saturado. La lluvia que tanto alabamos el resto del año como reprensión de la sequía que nos tortura, se vuelve el peor de los enemigos. Y la gente llora. Lo peor: personas que no han pisado una iglesia en su vida, redimen sus pecados desfilando detrás de una estatua de madera, sin pecado concebida. A veces incluso pagando para ello.
No pienses que esto es un arrebato de posmodernidad. No es subversión como tendencia. Es que una vez lo viví desde dentro. Y la palabra "hermandad" dejó de tener sentido, unos pocos la vaciaron de contenido insultándose entre ellos y peleando por ser quienes menos trabajaran. No era más que hipocresía y deslealtad.Pura ficción. ¿Qué sentido tiene entonces hacer penitencia ante algo que no es más que una escultura? Como la de cualquier museo de arte contemporáneo. Poco después, dejé de creer en la IglesiaCatólicaApostólicaRomana. Incluso en Dios.
Así que me mantengo un poco al margen de todo esto.