En los negocios, por ejemplo, se utilizan miles de palabras fetiche, pero existen muchísimas más que son impronunciables. Son las palabras tabú. Andrés Naranjo dice en Internet que la palabra idea (“la idea es comercializar este libro”) refleja un desconocimiento absoluto, que el verbo esperar (“esperamos que esté a tiempo”) supone una duda razonable, que asegurar (“le aseguro que funcionará”) obliga a mentir y que odiar es un verbo prohibido si podemos decir lo mismo con un “no comparto este punto de vista”.
Sin embargo, fui a ver Vicky Cristina Barcelona. Y puede que sea más compleja de lo que parece y se vislumbre la percepción que el hombrecillo de Brooklyn tiene de las relaciones personales (vamos, lo de siempre). Pero si no fuera porque en los créditos se nombra al director habría pensado que vi una obra light de Almodovar. Además, una película de Woody Allen sin el pequeñajo de Woody Allen interpretando al emocionalmente atormentado no me parece una película de Woody Allen. Y ahora diré, y sin que sirva de precedente, que la que más me gustó fue la histérica de María Elena.
Está bien retractarse, aunque sea como consecuencia de la presión mediática y no de forma espontánea y voluntaria. Pero Javier, cariño, explícame en que momento entre El poderoso influjo de la luna y la adquisición de la estatuilla alcanzaste la divinidad.
- El juego de tazas de café de vaca que me regaló Blanca.- La caja de latón con motivos costumbristas que antaño contenía unos magníficos polvorones.- A Stitch y a Boo.- El álbum de fotos.- La lámpara que me traje de Estambul.- Los palillos chinos.- La máquina de step (por si me da por subir).- La estupenda televisión con TDT integrado que aún sigue en la caja porque no la consigo sintonizar.- El pato de escayola con lazo celeste que adorna alguna esquina.- Sábanas para la cama de invitados.- Las copas buenas para el vino que me he encontrado en un mueble de este piso.- Cambiar mi domicilio en todas las empresas, mutualidades y demás organismos con los que resultare interesante mantener la correspondencia.
Hoy he comprado jamón cocido, queso de cabra, queso normal, calabacines, huevos, un combinado de setas, champiñones y ajetes, picos, zumo de naranja y frambuesa, rollitos primavera y nocilla. De lo demás tengo. Soy feliz. Es más, el depósito de gasolina casi lleno. Y hemos sorteado unas pocas de viviendas en aquel pueblo de la sierra cuyo Alcalde me gritó. Me ha comentado la concejal de Urbanismo que al hombre le supo mal gritarme a mí, concretamente. Pero vaya, es lo que tiene ser el contacto, está asumido.
Mi actual estado de ánimo, a caballo entre la desastrosa pereza y la desesperante dispersión, queda perfectamente reflejado en todos los libros que, indolentes en la mesita de noche, esperan a que los termine: Un día de cólera, del gran Arturo Pérez-Reverte (mola, no crean, y me mantuvo ávida de aventuras hasta que Don Luis Daoiz desaparece de la escena); Historia de cronopios y de famas, de Julio Cortázar (que tiene que pillarme muy inspirada); No somos tontas, de Asun Lasaosa (autoayuda: un hombre menos en mi vida, un capítulo); Lluvia ácida, de José Manuel Benítez Ariza (lo empecé y ahí está… no hay más explicación); El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger (me fui a Málaga sin llevarme ninguno de los anteriores y tuve que comprarlo); El diablo enamorado, de Jacques Cazotte (que esta noche lo acabo de re-leer, en serio).
Mi hermano, que es como un pequeño koala de metro setenta y cinco que se te encarama a la espalda a la más mínima y a modo de cariñito, me habla de que el mundo va muy deprisa, de que no hay tiempo para soñar, de la no-adaptación.
Me encanta Pete Philly & Perquisite. Y echo de menos a mi hermano.